

Indecisionista: tu non hai un problema d’indecisione. Tu, come tutti noi che apparteniamo a questa supposta Generazione X, soffriamo di quello che a mi piace chiamare il Sindrome della Insoddisfazione Strutturalle, cioè, quella così inerente alla nostra persona che non si può eliminare, a meno che il proprio "mercato" non soffra una profonda trasformazione.
Siamo insoddisfatti con quello che abbiamo, insoddisfatti per quello che non abbiamo e insoddisfatti insomma con tutto ciò che ci sta intorno. Perche certo che sapiamo scegliere, lo facciamo ogni giorno con le cose più piccole, più assurde. E lo facciamo anche velocemente, ma soltanto quando veramente sapiamo quello che vogliamo, anche se questo senso di sapere sia meccanico e per la propria inerzia della vita quotidiana. E questa nostra insoddisfazione ci porta al punto di non desiderare niente, e quando questo succede, le scelte si rendono difficile. Nessuno vuole scegliere tra opzioni che non desidera veramente. E no perche non siano desiderabile, ma perche viviamo in un contesto dove le cose sono troppo facile, dove tutto si consegue senza molto sforzo.. e questo è il "mercato" strutturato di cui parlavo.
E non so se c’è una cura per tutto questo, ma almeno abbiamo qualcosa per sollevare i sintomi.
"Déjame que el enlace de dos almas fieles no admita impedimentos. No es amor el amor que cambia cuando un cambio encuentra, o que se adapta con el distanciamiento a distanciarse. ¡Oh, no!, es un faro eternamente fijo que desafía a las tempestades sin nunca estremecerse; es la estrella para todo barco sin rumbo, cuya valía se desconoce, aun tomando su altura. No es amor bufón del Tiempo, aunque los rosados labios y mejillas corva guadaña sigan: el amor no varía con sus breves horas y semanas, sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo. Si esto es erróneo y se me puede probar, yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó." Soneto 116 - W.Shakespeare

Eres como ese último cigarrillo que no debería fumar,
como esa última copa que no debía haber bebido.
Y aun a sabiendas del desazón venidero,
de esa resaca amarga que me encontrará
con los primeros rayos de sol,
no puedo evitar chasquear mi encendedor
y aspirar con éxtasis el humo.
Como tampoco pongo freno a remover los hielos
y verterlos en mi garganta de madrugada.
Mi narcótico amor.
Que provocas en mí tantos placeres lesivos
que debo administrarte en pequeñas dosis
y concienciarme en ponerte fin en algún momento.

Y siempre se trata de lo mismo, de armar un rompecabezas infinito tratando de alinear los colores de manera que nuestros futuros movimientos no afecten a los que ya están en orden. Y se consigue llegar a un equilibrio parcial que nunca nos parece suficiente porque no se ha alcanzado el objetivo del juego, así que administramos un giro más. Pero una vez aplicado el movimiento, una vez ejercitada la causa, el cubo deja de ser lo que era. Y los colores saltan por los aires. Y lo que estaba en su sitio deja de estarlo... La armonía conseguida se evapora, entrando una estabilización transitoria diferente en su lugar. Y así continuamos una y otra vez, haciendo giros a la derecha y a la izquierda, hacia delante y hacia atrás, con el fin de conseguir que alguno de esos 43 malditos trillones de combinaciones encajen de alguna manera.