
Todavía no hemos llegado al ecuador de nuestra estancia en Pekin y ya estamos de despedidas. La de anoche, a punto de coger taxis de vuelta a casa y con chaparrón sorpresa incluido, fue la enésima primera despedida y me temo que vendrán muchas más.
De todas formas, no es la primera vez que reflexiono sobre el conocer gente y luego tener forzósamente que despedirte de ellos. Porque si uno va dando tumbos por el mundo, está condenado a ir dejando cosas atrás. Eso ya lo sabemos.
Y cierto es que siempre es más fácil marcharse que que te abandonen, porque a fin de cuentas tú te quedas en el mismo lugar y lo que se va es lo que, felizmente, te sacó de tu rutina. Además, cuando uno se marcha, todo es una mezcla de tristeza y alegría, bien por volver, bien por ir a descubrir nuevos paisajes. El que se queda, con total seguridad, no tiene motivos para estar feliz.
Sin embargo esto ya no es una cosa que me produzca tristeza, las despedidas. Quizás porque ya me he acostumbrado a ellas y sé que son parte del proceso. Un poco de melancolía, sí, por supuesto. Pero sin duda, si uno no anduviera de aquí para allá, jamás tendría la oportunidad de encontrarse a tanta gente estupenda repartida por el mundo. Y entre todas esas personas, la mayoría de las veces hay alguien especial, que, de repente, se convierte en un buen amigo, se vaya uno donde se vaya. Por suerte, es algo que me sigue sucediendo, conectar con gente. Lo que hablaba en mi teoría de los 5 minutos.
De ellos, quizás, son de los que menos pena me da separarme, porque ciertamente, son con los que seguiré teniendo una relación especial. Y más importante aun, seguiré encontrándome con ellos en sucesivos futuros. Es una despedida necesaria para el reencuentro.
Y eso es lo que más me gusta, las cosas que, a pesar de la vertiginosa dinámica del tiempo y el entorno, permanecen estáticas.
Autor: Rachanix
Fecha: 10/07/2006 14:50.
Autor: pedro
Fecha: 13/07/2006 16:48.
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