
10 de Febrero de 2006
Desde que estoy en Beijing, me preocupa mucho el aire que respiro. Para empezar, estoy fumando bastante menos, porque bastante humo me trago ya a lo largo del día. En China no se toman medidas para frenar las emisiones de gases que contaminan el aire. La contaminación ya no es un problema de ciertas regiones, sino que se ha convertido en un problema estructural en el país. Y no solo eso. Se ha descubierto recientemente que la contaminación que emite China está afectando al aire que respiramos en otras partes del mundo.
Las ciudades más contaminadas del mundo son principalmente las asiáticas, entre ellas Beijing, Shanghai, Teherán, Delhi y Calcuta. Sin embargo, Beijing ocupa el número 28 de las ciudades chinas más contaminadas, lo cual me hace pensar en cómo debe ser vivir en Datong, a cinco horas en tren desde Beijing, al parecer la ciudad más contaminada del país y una de las más visitadas gracias a sus templos y pagodas.
En Beijing, por ejemplo, todavía siguen existiendo fábricas dentro de la ciudad y es posible ver chimeneas humeantes desde la ventana de muchos de los que vivimos aquí. La contaminación algunos días es tan grande, que podemos mirar directamente al sol sin que nos moleste a la vista.
El problema de contaminación que sufre China es que la energía proviene básicamente del carbón (las ¾ partes). Las razones son su precio (es bastante más barato que otras energías menos contaminantes como el gas natural) y que China posee una reserva de carbón con capacidad para seguir suministrando al menos otros 200 años más. Según noticias que he leído recientemente, China no será capaz de llevar a cabo su política de reforma hacia energías limpias, porque el precio del gas natural se ha disparado. Normalmente las fábricas chinas están equipadas con dispositivos que evitan que la nube de hollín se expulse al exterior. Pero otros agentes contaminantes como el mercurio, se escupen libremente por las chimeneas. La mayoría de estas fábricas prefieren pagar una multa anual (que no supera los 500.000 dólares), antes que comprar un sofisticado equipo anticontaminación, que cuesta casi 15 millones de dólares. Además los inspectores locales son reacios a tomar medidas drásticas porque estas fábricas generan empleo.
El problema principal de esta emisión de gases es la acumulación del mercurio en el agua y en los alimentos que comemos. Hasta ahora, los científicos asumían que el mercurio se asentaba en la tierra o el agua después de que las fábricas lo arrojaran en forma de gas de las chimeneas. Sin embargo, éste se eleva a la atmósfera entrando en una corriente de aire que transporta el aire contaminado por todo el mundo. Norteamérica y Europa por supuesto también contribuyen con su propia carga, pero Asia, que sigue pujando por el crecimiento económico de China y la India, es el contribuidor más grande (China arroja casi un cuarto de las emisiones no naturales del mundo).
Y todo este tema irá a peor. Antes de 2020, China tendrá más de dos veces la cantidad actual de capacidad de generación de electricidad. La mayoría de plantas nuevas seguirán funcionando con carbón. Además, tenemos el problema de los accidentes medioambientales, como la explosión en una planta petroquímica en noviembre en el nordeste de China, que vertió 100 toneladas de benceno tóxico en el río, cortando el suministro de agua a millones de personas durante días y que finalmente se convirtió en un incidente internacional al enviar parte del derrame a Rusia. Este no es un hecho aislado. Han ocurrido al menos 45 accidentes parecidos hasta el día de hoy desde aquella fecha.
Sin embargo las soluciones globales propuestas son cada vez más difíciles de alcanzar. La última iniciativa, el protocolo de Kyoto, está dirigido a limitar emisiones relacionadas con el calentamiento global. El protocolo fue rechazado por los Estados Unidos, el mayor contribuidor de tales emisiones, y no se aplica a China, el segundo emisor más grande. Todo esto tiene difícil solución y no podemos culpar a los chinos de estar destrozando el planeta cuando lo único que están haciendo ellos es imitar el modelo de desarrollo económico que nosotros ya seguimos en su día. Y occidente sigue deslocalizando fábricas y plantas energéticas a países en desarrollo. Así contaminar cuesta menos y los que se tragan el humo son otros. O al menos eso creíamos.